MUY TARDE VENTURA

MUY TARDE VENTURA

Ventura Burgos, un joven recio, trabajador, honorable,  empezaba su día antes de clarear el sol.  Mejor dicho, todos en la hacienda se levantaban antes del alba pues el concierto de gallos no permitía que nadie se quedara en cama.   Ventura  tenía como 15 gallos finos, a quienes mimaba personalmente.   Con su buen café en la mano y su plátano asado, recorría los tendales,  machete en cinto, liderando su cuadrilla de peones.  Todos los sábados, se lo encontraba al pie del río, dirigiendo personalmente los embarques de cacao que mandaba a Guayaquil, no sólo de sus fincas sino de todas las fincas vecinas a las cuales él también compraba el cacao.  Don Ventura pronto se hizo hombre muy rico como productor y comerciante de la pepa de oro, lo que le permitió tener también  una gran tienda donde vendía todos los implementos de labranza que venían por el rio desde Guayaquil así como abarrotes, lámparas, etc.  La casa de don Ventura, era como la del jabonero, el que no cae, resbala.

Don Ventura contrató a una agraciada joven para que se haga cargo de la casa, especialmente de cocinar y dar de comer a él y a la peonada.  Poco a poco, Alina se hizo indispensable para patrono y hacienda,  no sólo que se levantaba antes que todos para que haya café caliente y plátanos a las 5h00, almuerzo  a las 12h00 y merienda a las 17h00,  sino porque organizaba las tareas, recibía la mercadería, pesaba el cacao seco, despachaba los sacos y llevaba las cuentas.  También se hizo indispensable en la vida personal de don Ventura, quien admiraba y amaba a esta mujer, con quien tuvo varios hijos.  Pero, a don Ventura no se le pasó por la cabeza, que esta mujer, su mujer, quien había entregado su vida a ayudarlo a construir su   gran fortuna, quien era la madre amorosa de sus hijos, esperaba  que él “le cumpliera” y la reconociera como su mujer y no la tuviera en calidad de conviviente.  Alina sentía dentro de su alma, que Ventura le había fallado y que no la consideraba digna de su altura.

Un día, Alina se enfermó y no hubo médico que pudiera aliviar sus males.-  Desesperado por  la inminente ausencia eterna de  Alina,  Ventura entendió de un solo golpe y porrazo, la importancia de  esta abnegada mujer  en su vida, el vacío que dejaría en su vida y en la hacienda; entendió que  lo que él sentía por ella se llamaba amor y se arrepintió de haber sido un “hombre muy macho” que se burla de las cursilerías de los enamorados.   Así,  acercándose  queda y humildemente a su cama de enferma, le dijo  Vilela, qué tal si nos casamos, quiero honrarte como mi esposa, has sido indispensable en mi vida.

Alina, con una débil sonrisa, acarició la cara que se le acercaba y le dijo: – Muy tarde Ventura.  Muy tarde Ventura. Poco tiempo después, Alina moría, dejando a Don Ventura sumido en profunda tristeza y con un amargor en el alma por no haber  demostrado a tiempo a su mujer, lo mucho que la respetaba, la admiraba y la quería.

Esta historia cundió de boca en boca.  Por eso y desde entonces, en Catarama, Ventanas, Ricaurte y otros pueblos riosenses, cuando alguien no hace un favor o un mandado a tiempo, y se pasa la ocasión del servicio o del reconocimiento, se dice: –  Muy tarde Ventura.

Es así que, ya en los tiempos actuales, un rico hacendado que iba entrando a la vejez, arrepentido de su vida disoluta,  le dio por ir a visitar a los santos que se veneraban en diversas iglesias.  Una tarde, le dijo a uno de sus empleados, por favor, llévame a visitar al Divino Niño-   El hombre se lo queda mirando y le dice, Muy tarde Ventura.-  No les alargo el cuento pero el susodicho chofer, sólo hasta ese día trabajó para el magnate.

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