POLLOS Y POLLITOS

Evangelita era una chica muy alegre que alguna comadre dejó en casa de la abuelita Paulina. Tendría como unos 18 años y su mamá no quería hacerse responsable de una adolescente que era hija del marido, porque en la montaña, donde vivía, tenía seis hijos más, incluyendo un recién nacido. De la sala a la cocina, cantaba y cantaba las canciones que aprendía del radio siempre prendido.  En aquella época se oía mucho canciones de los huasos chilenos así que una de las preferidas de Evangelita era ésta:

“Erase un pollito bien plantado,

que marcaba el paso en una esquina,

Con su mejor traje endomingado,

Echabale el ojo a una gallina,

 

Quiso el hado ingrato que ésta fuera

una coquetuela sin piedad,

que del pobre pollo se riese,

hasta que se supo la verdad.

 

El pobre pollo, enamorado,

llora sus penas desconsolado,

por la gallina de francolina

que puso un huevo en la cocina.” 

 

 

Los niños de la casa, a voz en cuello dándose vuelo en la hamaca, repetían la alegre tonada que los hacía morir de risa imaginando la escena.  Es que coincidía que a un mocetón, alto y bien plantado de la hacienda, le decían EL POLLO y siempre andaba mal parado porque sufría permanentemente de mal de amores por fijarse en mujeres mayores que él, que lo utilizaban para los mandados pero a la hora de abrir la puerta después de los serenos, le arrojaban un balde de agua.  Sin embargo, él no cejaba en sus intentos amorosos puesto que hablando de sí mismo decía: -“Soy un pollo pero tengo más plumas que un gallo.”

Pero, Don Toribio, otro bien parado capataz de la hacienda, hacía gala de sus conquistas femeninas.  Se le burlaban diciendo que sólo conquistaba en su imaginación, que ya era un “gallo desplumado.”   El se paraba firme, con la mano se hacía el poco pelo que le quedaba hacia atrás, sumía la barriga, sacaba pecho y decía: – Un momento, aunque les moleste: He aquí un pollo! Luego hacía una pequeña reverencia y advertía: –Pollo, de varios hervores… pero pollo! Gran carcajada general de su audiencia.  Este hombre siempre tenía anécdotas y dichos que causaban hilaridad y por tanto todos lo buscaban para jalarle la lengua.

Recuerdo que le encantaba ir a todos los velorios, especialmente cuando el muerto dejaba viuda. Claro que era para estar en el centro de la comelona, el chisme y el juego del cuarenta pero él decía que era para dar consuelo a la afligida enlutada porque, sentenciaba: –Cuando muere el gallo, la gallina a cualquier pollo se arrima.

Este mismo Don Toribio, probablemente dolido por algún desaire de alguna dama, decía que hay algunas que se creen muy-muy, como si fueran la crema y nata del pueblo pero no, simplemente son unas creídas y farsantes pues, según él –Comen frijoles y eructan pollo.  Risotadas de su audiencia que siempre le hacía ruedo.

Sin embargo de  sus devaneos amorosos, Don Toribio siempre volvía a las andadas porque, según

él: – El que no arriesga un huevo no saca un pollo.

 

Y así los pollos, no sólo estaban en el gallinero sino en la boca de todos, especialmente de las amorosas madres que enseñaban a sus hijitos, la canción de siempre: Los pollitos dicen pío pío pío, cuando tienen hambre, cuando tienen frío….

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