TIO PANCHO (Francisco Calderón Pérez)

TIO PANCHO

El Tío Pancho era muy querido y famoso en la Hacienda de Buenavista! Realmente era todo un personaje, tan popular como el tío Conejo y el Tío Tigre. Los jóvenes, lo buscaban para contarle sus aventuras, pedir consejos y echarle unas chanzas; los niños lo perseguían para que les organice alguna actividad y por la cantidad de cuentos, anécdotas, enseñanzas con los que los entretenía.Las mujeres lo miraban arrobadas pues a todas galanteaba y ninguna se iba sin un piropo. Los hombres lo inquirían para hablar de negocios y de la política.
–Tío Pancho, Ud. ya parece mujeriego, no hay mujer que se le pase, hasta las feas le hacen guiños se quejaba con envidia Alberto, un mocetón guapo que era el dependiente principal de la tienda de abarrotes que tenía su cuñado y su hermana, y donde él pasaba la mitad de la semana. Es que don Panchito sabía la palabra precisa para halagar con cortesía, galantear con respeto, piropear con gracia.
El tío Pancho había nacido en el campo pero, desprovisto de tierras, se radicó en Guayaquil; su padre era el benjamín de muchos hermanos de diversas madres y por tanto – según él decía- sólo heredó la sangre azul y la tierra de sus uñas. Sin embargo, estaba íntimamente ligado al agro, a su gente, a su cultura. Había decidido ser comerciante de cacao puesto que así ayudaría a tanto agricultor y campesino, a colocar el grano en los patios de las exportadoras de cacao de Guayaquil, a un precio justo, sin que les vieran la cara de “montubios”. Instaló su tienda de Comisionista en el Malecón, cerquita de los muelles donde acoderaban los vapores  Olmedo,  Daysi Edith,  Colón.
Los jueves llegaba de Guayaquil, justo para el café que se prolongaba en larga conversa contando las últimas de la gran ciudad. Luego se instalaba afuera de la tienda que, además de vender abarrotes, era un centro de acopio de cacao. Allí pasaba hasta el domingo que eran los días en que aparecían los campesinos en sus acémilas, cargados de cacao seco para venderlo y comprar la comida para la semana así como algunos insumos agrícolas y novelerías en el bazar. Se sentaba en el portal, con su sonrisa abierta, mordiendo un cigarrillo dorado; su sombrero bien puesto y los pantalones sujetos con tirantes, parecía una estampa. En ese portal, siempre había dos, tres y hasta cuatro gallos de pelea, amarrados a los postes, que aportaban al bullicio.
Llegaban los campesinos y agricultores con su cacao; él conversaba con cada uno de ellos sobre la mujer, los hijos, la huerta, los animales, que si habían visto al duende, que si se habían dejado grano para un buen chocolate, que si se casó la ñatita, que si los chicos sabían leer, que sí la suegra ya lo había perdonado. Sabía de las dolencias, dolores, alegrías, problemas de cada campesino que se acercaba a vender su producto. Mientras hablaba, revisaba el grano, lo palpaba, lo revolvía, le metía el diente, probaba la almendra. Luego de la conversa, daba su veredicto, pago tanto, has hecho un buen trabajo, lo que alegraba al vecino. Pero, a veces, disponía, -A este cacao le falta sol, te pago a tanto porque tiene que ir a tendal varia horas. O reprendía a aquel, -“no has cosechado a tiempo” este cacao es de segunda.- Con las viudas que traían sólo algunas libras de cacao, era benévolo y les hacía pagar como cacao de primera, aunque estuviera húmedo, con basura o no tuviera un dorado y apropiado color. También hacía recomendaciones sobre lo importante que era que los niños vayan a la escuela, que tenían que hervir el agua, que tomen tal medicina para curar la gripe, que cuiden a las chicuelas porque “no es bueno que tengan marido tan tiernitas.” Así, además de regresar a sus fincas con los sucres de la venta y las compras, salían con consejos y remedios para vivir mejor y un espíritu alegre.
Día a día se iba llenando la bodega de la hacienda, con los granos dorados, olorosos, que embriagaban a quienes pasaban a su lado y cuyos vahos subían por las rendijas del piso de la casa de madera, donde vivía la familia.
La tarde del domingo, bajo la supervisión del tío Pancho, el cacao era enfundado en sacos de yute y luego de pesarlos uno a uno, se los embarcaba en el camión para salir rumbo a Puerto Bolívar.- El tío Pancho iba en el camión pues él mismo dirigía la estiba en el barco.
En el barco, dormía en la hamaca, en el espacio común con toda la gente. No le gustaban los camarotes que lo aislaban del control de su carga. –El ojo del amo engorda al caballo, explicaba. A la madrugada saltaba el primero al muelle donde lo esperaba ya el camión que trasladaría el grano a los patios de los exportadores, pues él iba con la certeza de la excelente calidad de su cacao orense y sabía que le tendrían que reconocer el precio justo.
El tío Pancho era comisionista de los productores grandes también, quienes le confiaban el grano para que él lo vendiera en Guayaquil y luego les guardaba el dinero en su caja fuerte, para cuando ellos dispusieran. A veces enviaba el dinero con los capitanes de los barcos, que eran personas con gran fama de honorabilidad y corrección. El tío Pancho tenía fama de hombre honorable, correcto y muy meticuloso en la cuentas. -¡Cuentas claras y chocolate espeso! Solía decir.
El tío Pancho era muy locuaz y encantaba a los niños con sus historias. Era una especie de abogado de ellos pues, cuando la abuela no les quería dar permiso para ir al río, simplemente él decía: -Avelina, me voy con los chicos al río.- Y no había discusión, todos atrás del Tío Pancho quien lideraba la fila hacia el río, debajo de las matas de cacao, haciendo ruido con las hojas, mirando entre las ramas por si había un perico ligero. En el río, repartía jabón negro para que se sacaran bien la mugre aunque el juego en el barranco era tal, que los chicos regresaban refrescados y contentos pero llenos de tierra. Igual era abogado de las sobrinas más grandes y sólo con él las dejaban ir al baile y a la verbena en Pasaje. Alguna que otra vez, alcahueteó a algún sobrino parrandero, que se escapaba para echarse unas copas o para dar sereno a las jóvenes del pueblo.
Con su sentido del comercio, enseñaba que de todo se podía hacer dinero. En el patio había un enorme árbol de aguacates. El mandaba a recogerlos y los ponía a la venta en la tienda. También había un hermoso árbol de achiote. El armó una empresa con los niños: los hacía recoger las cápsulas, abrirlas para sacar el rojo grano, tenderlos en el patio y luego colocarlos en un papel de despacho cortado en cuadritos, al cual le daban la vuelta por los lados, como una empanada y hacían unos lindos paquetitos que vendían a dos reales en la tienda. Por cada paquetito, que hacía un niño, él le daba un medio! Era una fortuna pues con eso se compraba un caramelo de fresa o de menta y con cuatro medios, tenías un pedazo de helado de leche o de rosas, hecho en cubetas de hielo. También los chicos juntaban sus centavos y compraban revistas de muñequitos que, luego de leerlas, iba a aumentar el Banco de Revistas que en las noches, en el zagúan, junto a una petromax, se montaba para el negocio de alquilar revistas.
Terminadas las actividades del día, el tío Pancho organizaba una partida de POKAR, juego de cartas del cual era experto. Se oían unas risotadas, unos versos, una jerga que sólo los jugadores entendían. Si algún chico pasaba por allí, le advertían: -Los mirones son de palo. El juego iba acompañado de buen cognac que el tio Pancho siempre tenía pues lo compraba en los barcos que llevaban el cacao al exterior y era generoso en repartirlo.
Uno de sus sobrinos mayores, muy querido, se tomaba la licencia de tomarle el pelo, recitándole amorfinos. El tío Pancho lo llamaba: El Cantor del Cerro pero él no se quedaba atrás. Aún recuerdo un verso que le encantaba: Don Panchito Calderón, en poeta se ha transformado y aunque viejo ha comenzado, sus versos tienen dulzor.

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